HISTORIAS. Mundaka, también llamada Rivermouth.

A raíz de la entrada que publicamos sobre los Surf Reports de la revista Surfer, Alberto Irisarri me enviaba escaneado un interesante artículo publicado por la revista Surfer en Septiembre de 1978. No sé si aquel fue el primer texto editado por Surfer sobre nuestras costas, pero sin duda se trató de uno de los primeros.

De él llaman la atención varias cosas. Por un lado el retrato que se hace de nuestro país, hace 36 años, lleno aún de estereotipos como la paella, los toros, ... Es curioso también como, al no disponer de previsiones sobre la llegada de temporales, simplemente se esperaba en los sitios, a veces durante semanas, a que llegasen las olas. Pero especialmente destacaría el que no se le ponga nombre a la ola que protagoniza el reportaje, me imagino que con la intención de guardar el secreto de su localización y evitar así su masificación. Porque la verdadera protagonista del artículo, a la que nombran como Rivermouth, es la izquierda de Mundaka.

Me he permitido hacer una traducción poco literal del texto escrito por Jim Kempton, editor de la revista Surfer entre 1978 y 1983 y actual presidente del California Surf Museum. Desde aquí mis disculpas al autor. 

Apuntes sobre España.
  
La primera vez que estuve en “Rivermouth” fue en 1971. Llevaba lloviendo en Francia desde hacia varias semanas, y algunos de nuestros amigos surfistas estaban enloqueciendo con la situación. Por eso decidimos coger nuestra furgoneta y dirigirnos hacia el sur. Teníamos apuntados en el mapa algunos posibles destinos, que pronto descubriríamos lo difícil que nos resultarían de encontrar. Pasamos medio día recorriendo carreteras y caminos que siempre nos llevaban a un lugar equivocado. Llovía y hacía frío. Cuando por fin alcanzamos nuestro destino, el mar estaba plato. Estuvimos durante una semana en aquel sitio y nunca vimos romper una ola.

La segunda vez que estuve en “Rivermouth” fue en 1973. Mike Tabeling, uno de los surfistas más innovadores de la costa Este, estaba allí cuando nosotros llegamos. Había mucha arena acumulada en la desembocadura del río tras las últimas lluvias de la primavera. Pero durante las dos semanas que estuvimos allí, no llegó ningún swell. Casi no había sufistas, porque era verano, unos meses antes de la fecha en la que se suponía vendrían las olas buenas. Sin embargo permanecimos allí porque sabíamos que en España las buenas olas pueden venir en cualquier momento del año. Pero a veces, y basta que las esperes, ellas no aparecen. Tabeling estaba de todos absolutamente enamorado del lugar.

“Esta tierra lo tiene todo”, decía “¡¡es bonita, barata y desconocida!!”

“Sí”, asentí, “aunque nunca no la haya visto con olas”.

Entonces me miró con una sonrisa que solo se muestra cuando se cuenta un secreto que ha permanecido guardado durante muchos años. “Sólo espera”, fue todo lo que me dijo.

Estuve en el País Vasco el siguiente invierno, aunque no visité “Rivermouth”. El surf fue tan bueno en Francia, y la vida tan agradable, que no me moví. Disfrutamos de una derecha muy buena y de otros mucho lugares en los que surfear excelentes izquierdas. Por eso tardé aún dos años en conocer el secreto que guardaba Tabeling. Fue en 1975 cuando vi romper por primera vez "Rivermouth" y descubrir con mis propios ojos “el tesoro” de Tabeling. Las olas eran tan buenas que resultaba difícil de creer.

Recuerdo a Lane Habib, surfista de Adelaide, hacer el take off, girar en la base de la ola y correr paredes de cientos de yardas. Como buen goofy, tras el bottom, volaba como una gaviota colocándose en el interior de un gran tubo cilíndrico. En ocasiones simplemente le bastaba con ponerse de pie sobre la tabla, y posar su mano en la pared de la ola, para entrar en un tubo perfecto, en cuyo interior avanzaba durante más de 100 yardas. Y no paró de romper así durante una semana.

Después de surfear “Rivermouth”, decidimos continuar descubriendo la costa. Teníamos una buena furgoneta, dinero y todo el tiempo que necesitásemos.

La costa vasca es pronunciada y se encuentra relativamente deshabitada. La mayoría de las olas rompen furiosamente contra salientes de roca y acantilados. El clima es frío a partir de finales de Octubre. El coche no tenía calefacción y había escarcha en el parabrisas. Nuestro único remedio contra el frío fueron dos copas de brandy y una gran botella de Grant Marnier.

Llegamos a una ciudad en la que se celebraba el Campeonato de España de Surf. Había un montón de locales participando en el evento. Había también buenas olas que rompían en la playa. Pero hacía tanto frío que llegó a granizar. ¡¡Granizaba!! Sin embargo, y como si aquello no pareciese importar, había un chico surfeando sin traje de neopreno. Fue quien ganó el campeonato.

Para llegar hasta la ola, teníamos que atravesar la bahía, para lo que cogíamos un barco que llevaban dos hombres. Cada viaje en aquel barco parecía que siempre una verdadera aventura. Pero era la única manera de atravesar las tres millas que separaban ambos lados de la costa sin conducir durante 45 millas alrededor de la bahía. Allí se formaba una bonita península, con una gran barra de arena, en la que rompían olas perfectas cuando la marea era la adecuada.

Vivíamos en una gran casa, con un enorme mirador orientado al sol situado en medio de una densa masa de pinos que crecía al borde del mar. Pagábamos aproximadamente cuatro dólares al día. Los propietarios, y los vecinos, eran gente muy agradable. Cuando el sol salía en noviembre, comíamos paella (una especialidad local con pescado, pollo y vegetales, servidos con arroz), y bebíamos vino. Y surfeábamos todos los días hasta que no podíamos más. Estuvimos allí tres semanas. Nunca vimos a nadie más en el agua. De hecho nunca vimos a nadie en la playa.

Este año el surf fue muy bueno. Un día de otoño, las olas eran realmente buenas y fuertes. La series rondaban los 8 - 10 pies, rompiendo muy atrás en la barra. De pronto, y cuando un pesquero tomó la desembocadura del río en dirección al pequeño puerto, una gran serie se marcó en el fondo. Los surfistas lograron pasarla, pero el barco, incapaz de moverse rápido, fue cogido por la ola, justo en la zona de rotura, donde rompían olas tuberas de 10 pies de altura. El barco fue levantado por el labio de la ola, lanzando por la borda a los marineros. El barco volcó con la espuma y acabó destrozado en pedazos tras el impacto. Ninguno de los pescadores sabía nadar. Tan pronto como pasó la serie, media docena de surfistas remaron rápidamente hasta los pescadores a los que llevaron hacia una zona segura. Desde entonces, los surfistas son bien vistos en el pueblo. Tal vez aún los consideren un poco alocados, pero los respetan. Este es el modo en cómo las cosas funcionan aquí. Es agradable, pero te lo tienes que ganar.

Los españoles son amables, por lo general pobres, trabajadores, sencillos, con temperamento, pero un pueblo lleno de belleza. Tienen profundas convicciones religiosas, son extremadamente patrióticos, orgullos de su pasado, y muy emotivos en cuanto a sus creencias. Tienen un fuerte apego por las tradiciones que las celebran con ímpetu. Esperan de ti lo mismo. Tenlo en cuenta.

Es un bonito país. Trata a su gente con respeto, sé un buen invitado, y ellos te mostrarán una cálida hospitalidad. 

-Surfer Magazine - Septiembre 1978

 






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